martes, 11 de abril de 2017

Furia



Otra mañana con la casa rebosante de mugre, chorretes y platos grasosos con restos de comida, ropa sucia y tasas, migas, chorros de mermelada y leche, toallas húmedas, sábanas revueltas, zapatos impares y medias negras. Y la llamada de improviso, la empleada no viene hoy, cuando yo me había prometido que hoy iba a revisar ese cuento, le iba a dedicar un rato a escribir pero no, es hora de ponerme los guantes de látex fucsia y poner mi furia y mi velocidad bipolar al servicio del hogar. Cuando lavo con el chorro a máxima potencia pienso que ninguna empleada lava tan rápido como yo. Me propongo tener toda la casa ordenada en una hora, es una carrera contra mí misma y contra la neurosis del ama de casa. Tengo que dejar todo reluciente, pero rápido, saber que yo triunfé y que el día es mío. Saltan chorros en cascada de las tasas que enjuago como un robot super veloz. Bowls, asaderas, espátulas, tablas, ollas. La ventana está abierta y sale vapor de la pileta, entra aire frío pero no lo siento, la bronca y el agua caliente me mantienen a buena temperatura. Sé que tengo mi secreto primermundista, el lavavajillas al costado donde pude cargar diez platos, vasos, cubiertos, tápers, pero no entra todo, y no todo se lava bien. Limpiar la mesada. Cargar el lavarropas. Al lado está la secadora, otra marca de mi alto estatus social de ama de casa. No seca mucho, ya voy por el cuarto ciclo, deben ser ocho horas de secadora. La  uso sólo en los días de lluvia. La vuelvo a prender. Hay tres tenders llenos, que recién puedo sacar al sol después de la tormenta de ayer, más el lavado actual  en el lavarropas.  Subir y bajar con dos canastos que explotan de ropa revuelta. Volver a subir y tender las camas como si hiciera volar cometas hasta el techo. Miro los cajones de juguetes: la tentación de cargar todas las cajas de legos y fósiles de juguetes en el auto, hacer desaparecer todo. Levanto papeles y más medias perdidas, enderezo, estiro, guardo, doblo. Voy pasando de una habitación a otra, dejo las ventanas abiertas para liberar el aire de la noche y entra viento fresco. Una más, dos, tres, cuatro. Cada vez más cerca de la libertad. Es el momento de ordenar mi escritorio y poner en su lugar la laptop, el cuaderno  y los papeles. Suena el timbre.  La empleada no es porque no viene. Es la segunda opción, es mi marido que se fue a llevar a los chicos al colegio. Se suponía que dejaba el auto en el taller y yo  lo iba a buscar. Entra y le explico en dos palabras ¨no vino¨.  Respiro hondo para impedir que se le ocurra hacer el chiste de ¨tenés ocho minutos¨.  Me pregunta ¨vas a salir ya?¨, no, anda vos solo a la estación por favor, no voy a salir corriendo ahora.
Escribo en secreto y en soledad. Se supone que sabe que escribo pero no sabe cuándo ni dónde. Hace unos años escribía de noche en el dormitorio en una mesita en una esquina, mientras él era el dueño de la televisión y hacía zapping entre películas empezadas, documentales y programas periodísticos. Hasta que se volvió a encontrar con la NBA. Después de unos años de aislamiento nocturno y gracias a la televisión on demand, pude volver a ver películas y sobre todo las series norteamericanas,  nuestras telenovelas mexicanas del siglo XXI, con las que llenamos las noches, el sinónimo moderno de hogar y paz.

Mi marido se demora un rato, no sé bien qué hace pero yo sigo ordenando más detalles, buscando documentos, juntando lápices, sumando puntos al orden de la casa esperando el momento en que cierre la puerta.  Hoy no tengo tiempo de compararme con mis ex colegas de laboratorio,  quizás ya lo hice cuando llore  antes de empezar a limpiar. Después me puse en acción a una velocidad que sólo es posible cuando estás viviendo el momento.  Tanto que me cuesta meditar y resulta que el mejor mindfulness es lavar la vajilla como si estuviera por perder el avión a Italia. Cuando lavo furiosa recuerdo a mi abuela que lavaba así  y yo me preguntaba por qué, y veo que fallé, que caí en el mismo ciclo. Mi vida atrasa medio siglo. Mi referencia de matrimonio más temida eran mis abuelos. El matrimonio machista, el hombre agresivo y dominante, la mujer frustrada y silenciosa.  Estoy segura de que el ruido no cesaba jamás la cabeza de mi abuela. Por eso era tan despistada. Estaba desconectada del mundo de esa manera característica de quien está muy ocupado con los diálogos internos. Ella me decía vos tenés que estudiar para no depender de nadie y a mí me parecía lo más obvio del mundo. Pero terminé con el plan menos pensado. Soy una madre ama de casa con muchos hijos, una casa moderna y soleada en los suburbios, con jardín y pileta, y manejo una camioneta enorme para ir al colegio, al supermercado, al gimnasio, cumpleaños, casas de amigos de mis hijos  y doctores. Y me quedo sin empleada demasiado seguido. Y no es ni por tratarlas mal.  Y termino llorando al teléfono con la mujer de la agencia de mucamas. Ese es un pequeño resumen de mi vida inesperada.

martes, 14 de marzo de 2017

Todo fue un error


(Quiero ser Elena Ferrante escribiendo sobre mi vida). 24 Enero 2017, En alguna esquina  de Rocha, Uruguay

Me despierto con la consciencia de mi vida doméstica y me brota la furia de lo inadecuada que he resultado para la vida. Pensé que con estudiar ya estaba todo resuelto, que el feminismo era algo superado que se daba por descontada la igualdad de géneros, porque en la primaria y en la secundaria siempre las mujeres éramos mejores alumnas que los varones. Recién en la facultad empezaron a aparecer cerebritos varones a mi alrededor que me asombraban y me disgustaban en la comparación. Recién ahí descubrí que había mucha gente con mayor capacidad intelectual que yo.
Pero acá estoy subiendo la escalera con un atado de ropa empapada para lavar, en la casa soñada de la playa que cada noche se convierte en el castillo embrujado en la cima de la montaña, sólo que estamos rodeados de pinos y monte y vuelvo a pensar en la impulsividad para decir sí a un proyecto que parecía el sueño de la vida, la casa propia en la playa. La excusa era que mi cuñada nos debía plata y comprar el terreno era perfecto para reclamar la deuda.

Pero siempre estoy cambiando a mayor velocidad de la que puedo estimar. Diez años estudiando y trabajando en ciencias para tirar todo por la borda cuando nació mi primer hijo, porque descubrí que sólo quería estar con él, y con el hijo que siguió, y con el otro, y que no podía manejar la casa y las agendas infantiles con un trabajo,  y que no soportaba a las empleadas.
Sobre todo no se me ocurrió ver que estaba asumiendo la división de roles de manera definitiva y que eso me iba a ir carcomiendo de a poco de la misma manera que a mi abuela materna cuando se comía las uñas frente al televisor y daba la sensación de que se sentaba ahí  sólo como una excusa para pensar en silencio. Jamás la vi concentrada en ningún programa de televisión.
Cuarenta años soñando con tener una casa en la playa para ver las incomodidades y complicaciones que esto trae, para encontrarme repitiendo los gestos de mi tía y mi abuela paterna cuando organizaban  y mantenían sus casas en la playa. Yo me creía tan inteligente y sin embargo nunca vi venir nada de esto. El trabajo repetitivo, inagotable de tratar de mantener el orden, prepararse para la siguiente comida, no queda un espacio para verdadero relax, se nota en lo poco que leí este verano.
La parte más triste es que como todo lo que viene dado, para mis hijos la casa, la playa, todo es lo más natural y al alcance de la mano y nada de esto los entusiasma en serio. Se lo toman en silencio como una obligación de hijos. No se lo pasan mal pero nadie parece estar en la gloria. El cielo, el bosque y el océano que nos rodean para ellos son nada.
Tenemos la obligación de pasarlo bien. Hemos invertido dinero en nuestro sueño. No nos podemos ir así nomás de la casa, hay que quedarse a disfrutarla aunque cada noche me da un miedo intenso la oscuridad, los sonidos, el vacío, o peor, los sonidos desconocidos. La amenaza fantasma desparece cada mañana cuando sale el sol y todo vuelve a ser increíblemente hermoso.
Y sé que tengo otras doce horas de luz para pasarlo bien, para hacer rendir el día. Un detalle de tantos que me estresan en vacaciones es que mis hijos no tienen la misma idea sobre hacer rendir el día, cada movimiento, levantarse, salir, caminar, volver, lavarse, sentarse a comer, sacarse la mugre de los pies, acostarse, todo es una pelea más o menos civilizada y agotadora.
El aislamiento es otra cosa que me sucedió sin que me diera cuenta. Al principio sí, la primera semana que mi marido se fue de viaje y yo tenía a un bebe de cuatro meses y estaba sola en la casa y no salí a la calle porque hacía frío  y él estaba recientemente operado del corazón y con bronquiolitis o algo por el estilo, llamé a una amiga,  que no era tan amiga, era una chica mayor que yo, que me había guiado en el laboratorio donde hice la tesis de maestría. En esa época todavía creía que tenía amigos nuevos y que podía seguir generando vínculos pero nadie de ese grupo sobrevivió. Yo dejé a algunos y la mayoría me dejaron a mí. Nada se sostiene.  Pasé por varios trabajos y de a poco fui perdiendo la ilusión de crear nuevas amistades, compartir todos los datos de la vida diaria no te hace amigo. Sólo te agota. Después pasé años en la puerta de la escuela, hablando con sucesivas madres, la única ilusión de amistad nueva.
Y acá estoy de nuevo frente al océano, dejé el pasado en el que vivo flotando  y puedo mirar a mi alrededor otra vez. Los amigos del pasado son imágenes de arena, algunos no resisten la menor sacudida, otros se han convertido en una figurita falsa, nos podemos juntar a comer pero el vínculo real desapareció.
Entonces estamos solos en la casa hermosa. No tengo invitados que entretengan a todos, y en el fondo temo que no lo voy a pasar bien con nadie. De todas maneras he intentado invitar gente pero las complicaciones de agenda lo impidieron este verano.  Mis hijos preguntan educadamente cuándo volvemos a Buenos Aires.
El viento de Rocha es una buena excusa para quedarse. La más real en verano.
La familia extendida, los tíos, las primas, gente querida y lejana. Cuando me acerco empiezan las imperfecciones, las mezquindades. La reunión a la que tengo que ir y ya calculo lo que tal piensa de mí, que en realidad cambié tanto que ahora soy peor que todo lo que juzgaba antes, que me muero por ir a Punta del Este y no lo quiero reconocer. Y aún así voy a ir, a poner cara de que está todo bien porque somos familia y es lo poco que hay. Aunque siempre siento que soy la que hace el esfuerzo, por venir, por estar. Tengo deudas con ellas, con sus padres que me invitaban a sus casas, es una deuda impagable, los favores de la infancia, esos que me hicieron crecer de una forma que no hubiera sido posible sin sus aportes.
Y yo sigo cambiando, es cierto, cuando hicimos la casa en punta del diablo deberíamos haberla hecho en José Ignacio que era más cool y se puede alquilar más caro, pero ya necesitábamos estar en punta del este para que mis hijos porteños de colegio bilingüe se encuentren con sus amigos en verano. Todo lo que yo no tuve
Cambio más rápido de lo que puedo manejar. Antes amaba el mundo hippie de Valizas, hasta que tuve dos hijos y la vida sin agua y sin luz me agotó. Pasé a un nivel superior de bohemia hippie chic, punta del diablo, pero ya me queda incómodo también. Me salva que estoy segura de que si hubiera hecho la casa en punta del este, también la odiaría  y pensaría que todo fue un error. Eso podrían poner en mi tumba


lunes, 3 de octubre de 2016

Twitter y las madres arrepentidas

Un hashtag, una nota sobre un libro que escribió una mujer que entrevista a mujeres que se arrepienten de haber tenido hijos. La escritora no tiene hijos.
Otra nota, de una periodista que escribió su tesis sobre el rol de la maternidad blabla entre las mujeres actuales (de Argentina). Pienso en la rigurosidad y los datos duros que se necesitan para una tesis de posgrado científico y me río entre dientes de las humanidades.  La periodista tampoco tiene hijos.
Me estoy peleando desde ayer (?) contra los molinos de viento de sus tuits. No me van a escuchar  y van a entender lo que ellas quieran. Lo que yo quiero decirles a los gritos es que la maternidad te cambia la manera de pensar, que si ellas tuvieran hijos quizás pensarían de manera distinta a la que describen en sus libros,  a las mujeres madres arrepentidas que se han esforzado en encontrar para poder llenar páginas.
Lo loco de todo esto es que  yo quedo como la loca, la que está tapada de hijos y convertida en una sombra de sí misma pero defiendo a muerte mi lugar.

En Twitter como en la vida no se puede dar toda la información previa, el contexto que rodea a cada pensamiento de manera que los demás vean lo mismo que una. Yo no quería tener hijos, pensaba para qué arruinarle la vida a alguien más. Cómo me voy a ocupar de ellos, con quién los voy a dejar. Eso lo repito en todos mis cuentos y en todos mis posts. Pero la parte que nunca describo es qué me llevó a decidirme a tener hijos. Fue la necesidad y la curiosidad de saber cómo era sentir ese amor tan inmenso que no podía imaginar. Aunque dudaba de mi capacidad para sentirlo.  También me estaba empezando a sentir incómoda de ocuparme sólo de mí misma. Aunque estaba en pareja y muy bien, había  un lugar disponible para dar amor total a un ser nuevo.  Veía a las madres como mujeres más maduras y esforzadas, que daban más a todos a su alrededor. Esas mujeres me dieron fuerzas para animarme a ser madre.
Pero antes de eso, en 1991 conocí a  la primera mujer que no tenía hijos por decisión propia. Estaba casada, ella era grado 5 de la Facultad de Ciencias, Cátedra de Biología Celular. El esposo era grado 5 de la Cátedra de Biofísica.  Los admiraba como a seres celestiales y a la vez me parecían unos alienígenas por sus logros y su dedicación. Ella nos dijo a las chicas, yo me quería dedicar a estudiar biología del desarrollo y sentía que no iba a tener tiempo para dedicarme a tener hijos. Yo jamás había escuchado un mensaje así. No me escandalizó. Me paralizó la fuerza de decisión de esa mujer. Ella nos estaba tratando de dar su mensaje feminista y a mí me quedó muy grabado,  porque yo había sido hija de dos padres incapaces de dedicarse a mí por motivos mucho menos esplendorosos que la investigación científica. Mi mayor terror para el futuro era tener hijos y no poder darles el amor y el tiempo que necesitaban.
Cuando empecé a trabajar en un laboratorio con guardería pensé que había encontrado la solución, el equilibrio y que todo iba a funcionar bien, como le pasaba a mis compañeras de trabajo. Pero después nació mi primer hijo con síndrome de Down y el resto ya está escrito en varios cuentos. No pude soltarme de él, me dediqué cada segundo, porque quería. Y pasé de pensar en tener dos hijos hipotéticos a tener cuatro para compensar.
Lo de compensar un hijo discapacitado con varios hermanos quizás también tiene sus detractoras en alguna otra socióloga o escritora sin hijos que necesita justificar sus decisiones para que no le rompan más las bolas, debería buscar si existe un libro así. Podría escribirlo con una identidad ficticia. Lo voy a pensar

lunes, 30 de mayo de 2016

Viene de lejos



Hubo un tiempo en  que no podía pasar por delante de la puerta del Sanatorio Otamendi porque me ponía a llorar.  Quedó muy lejos en día en que me encontré al médico que me hacía las ecografías prenatales en la calle y me abracé llorando a él para decirle que mi hijo había nacido con síndrome de Down.  El bebe  recién nacido que no tenía fuerzas para tomar una mamadera por su condición cardíaca.  Cuando salió de la cirugía  me lo pusieron en los brazos, lleno de cables y sondas, me dijeron que probara amamantarlo y yo pensé, imposible, pero se prendió perfecto en ese instante. Luego de unos meses, más o menos pasada la fecha estándar de los bebes normales empezó a sentarse, encorvado, jorobado, y parecía que nunca se iba a enderezar. Tenerlo a upa era como llevar un flan o un muñeco de trapo cada vez más pesado y siempre con la lengua afuera, en una posición de flor de loto desguazada, las piernas flexionadas y apoyadas sobre el lado externo contra el piso, todo flexibilidad sin tono muscular,  una posición que no contemplan los manuales de yoga. Los ruidos guturales, como animales, la boca abierta mostrando dientes y encías, una sonrisa.  Un día empezó a andar de culo por el mundo. Avanzaba sentado rompiendo pantalones, así estuvimos más de dos años. Los tres años y medio que demoró en caminar.  Yo me agoté mucho antes, lo tomaba por  debajo de las axilas para que apoyara los pies en el suelo, pero él los levantaba y se quedaba colgando con las rodillas flexionadas. A los dos años y medio decidí que yo no podía hacer más de maestra.  Empecé a creer que la estimulación temprana servía para algo cuando se largó a caminar empujando un carrito de supermercado de plástico rosa y lila, lleno de latas para hacer contrapeso. Así salía del jardín maternal hasta la puerta donde yo lo esperaba, cuando  parecía imposible pensar en que alguna vez dejara los pañales.  Un día llegando a los cinco años, me había pasado horas con la pelela en la mano esperando que hiciera pis, y me distraje un minuto. Él fue, se  paró en el pasto del fondo e hizo pis solito.  A partir de ese momento entendí que todo iba a ir sucediendo de alguna manera, las cosas iban a ir llegando.
Durante los tres primeros años de jardín, ¨escolarización¨  me parecía una idea superflua, mi hijo no iba a la escuela a aprender,  a lo sumo iba a compartir tiempo y espacio con otros niños, a no estar en casa por un rato. Pero sin darme cuenta, mi hijo de pronto sabía hacer cosas, decía palabras que yo no lo había enseñado.  Los monigotes dibujados con dedos como palitos y cuerpo redondo empezaron a venir firmados, con una letra frágil y tembleque, que se fue afianzando. Aprendió los números y en un par de años no paraba de llenar cuadernos con listas aritméticas, que llegaban hasta el diez mil. Las letras y los números se hicieron cada vez más parejos y por qué no, lindos.  Ya no tenía la boca abierta y la lengua afuera tan seguido. Las clases de fútbol y tenis. Un día ya pateaba la pelota con todo, de puntín, y hacía el drive y el swing.  Mucho antes, cuando él tenía unos seis años, yo ya me había hartado de jugar a la paleta levantando la pelota del piso todo el tiempo porque él apenas podía pegarle pero no me dejaba parar, insistía en seguir jugando y jugando aunque yo tenía que hacer otras cosas o simplemente no aguantaba más. A la empleada le encantó la idea de ponerse a jugar a la paleta y así pasamos dos o tres años, poniendo a jugar con él en el patio a cualquiera que tuviera paciencia,
Fueron cuatro o cinco largos años en los  me desesperaba si no conseguía estacionar el auto a metros de la puerta del jardín, una tarea imposible si no me aseguraba de llegar al menos media hora antes de la salida. Porque hacerlo caminar más de veinte metros era agotador, había que aguantar desplantes, quejas en un idioma limitado a no mucho más que un no. Después el idioma empezó a avanzar, teníamos un canal de comunicación. Un año le regalé un cuaderno para que escribiera la historia de las vacaciones, a los ocho o nueve años, y nunca más paró con las autobiografías,  hasta ahora en que escribe en su muro de Facebook.
Cuántos años me exasperé y me quedé sin garganta de repetir, vení a bañarte, hasta que finalmente lo cargaba por la escalera hasta el baño, para terminar con dos hernias de disco como manda la tradición familiar. Ahora se baña solo, a la hora exacta en que lo vengo repitiendo desde hace más de doce años, a las seis y media de la tarde.  Las reglas claras y repetidas terminaron siendo mis mejores ayudas. Él ama y respeta  las rutinas.  Otro camino hemos recorrido desde la época en que podía estar cuarenta minutos  sentado en la mesa sin terminar la leche.   Hoy vivimos marcados por el ritmo de las alarmas de reloj en el celular, una cada quince minutos,  para saber que hay que terminar el desayuno, vestirse, lavarse los dientes, estar pronto porque viene la combi. La tragedia fue cediendo su lugar al tedio. Pero luego de más tiempo, la repetición de tareas por años, como rituales religiosos, se convirtió en el mecanismo de autonomía. Ahora mi hijo sabe hacer las cosas solo.  Me escribe por whatsapp, me deja audios que tienen una cadencia propia de alguien muy calmo, usa todos los modismos de la familia, hola mamá espero que estés bien, bueno acá estamos, estoy por comer, ¿vos dónde estás? luego hablamos ¿ok, si? Espero que estés bien, bueno, un beso, chau.
Hay cosas que funcionan perfectamente de pronto, a veces. Y después vuelven un paso atrás.
Explicarle algo, aunque pueda entender las palabras no quiere decir que puede absorber el concepto.  Cuando le confirmaron la enfermedad celíaca, él era un fanático de los alfajores y el pan con dulce de leche. Después de unos meses empezó a preguntar esto es para celíacos, esto puedo comer, esto tiene gluten. Hoy solo se equivoca si alguien en quien él confía le ofrece comida con gluten.
Explicarle que tiene síndrome de Down parecía una tarea imposible, ahora ya conoce el nombre de su condición desde hace tiempo.  Es un misterio qué ha entendido hasta ahora de las clases de educación sexual. Sé que nos esperan sorpresas en ese camino.
Nunca tuve esa pasión por el hijo discapacitado que clamaban las mamás de San Isidro,  del grupo de contención, las que se sentían bendecidas con ese hijo especial porque era un Mensaje del Señor hacia ellas, que eran especiales. Pero el mundo de las personas con Síndrome de Down es un pañuelo y sobre todo en la zona norte del Gran Buenos Aires. Después de varios años sin vernos, todas fuimos a dar al mismo grupo de actividades sociales.  Los bebes fofos convertidos ahora en adolescentes, el resultado final de la competencia a la vista.

ACA ACCION
Fueron apareciendo de a poco, hijos y madres.  La mamá tan zona norte que gritaba a los cuatro vientos que tenía pasión por su chino, un bebe de espalda arqueada de contracción tetánica todo el tiempo, con episodios horribles de epilepsia para cuando dejé de verla. Una vez me llegó una invitación de ella para la presentación del libro que escribió sobre su hijo, sobre la bendición de tenerlo, el milagro de que hubiera sobrevivido cuando los médicos decían que se iba a morir en cualquier momento, dando las gracias a la virgen santísima porque el milagro se produjo gracias a las procesiones que le dedicó subiendo al cerro de Salta, y cómo ahora ve el mundo de otra manera, aprecia la vida y a las personas y da gracias a dios en todo momento por su bondad y por haberle concedido tan extraordinario milagro, gracias sin duda a la magnitud de su fe (y de la persona tan extraordinaria que es ella). No fui  a la presentación ni leí el libro,  pero más o menos eso dice eso, seguro.  Y ahí me encontré al nene sentado a lo indio, con algo de bigote, desconectado del mundo, hamacándose sobre una mesa afuera de la sala donde se reunían los demás chicos. Le hablaban y era inútil, Tomi pero por qué no querés entrar. Adiviné que era él.  La madre seguía sonriendo al mundo para que todos estuvieran al tanto de que la gracia de dios descendió sobre ella y la bendijo, porque su hijo especial es sólo una manera de mostrarle al mundo lo especial que es ella.
La nena pelirroja que soplaba las velitas de su torta igual cualquier nena de dos años, ahora habla como una chica normal. Otra de las nenas,  muy atenta, muy seria y presta atención, se anima a contestar, se comporta, es una señorita.  Mi hijo es de los más altos del grupo, es delgado y musculoso. No ha parado de hacer ejercicios, agota a todos en la playa jugando al tenis.  Patea mejor que su hermano la pelota de fútbol, pero los deportes en equipo son complicados. Le encanta tirar al aro de basket pero no hay un equipo apropiado para él.  Mi hijo es lindo, pero está el gesto de su boca, como  una falsa sonrisa, las encías levantadas hacía arriba. Los dientes desparejos y amarillos, imposibles de limpiar. Las uñas que de pronto asoman como de hombre lobo, los dedos lastimados sin aviso. Hay que estar atentos a todo lo que él no registra.  La ropa mal puesta, los zapatos con los cordones atados de cualquier manera. La forma de comer con la boca abierta, los ruidos, la espalda encorvada. Todas cosas que hemos ido dejando de ver con el paso del tiempo. Los hábitos desagradables que vamos invisibilizando. Nunca paró de rascarse la cola. Ahora está pasando a meterse además la mano por el bolsillo y tocarse los huevos. Si presto atención veo todas las anomalías, la ceja que unida de lado a lado. Soy yo la que necesito verlo más lindo. Él no lo necesita. Lo asustaría, gritaría si intentara depilarle las cejas. Son luchas en las que no me meto. Pero cuando lo veo al lado de cualquier otro chico con síndrome de Down, frente a ese espejo cómo se expresa, reacciona y se maneja en diferentes situaciones.  Todos estos éxitos de hoy se apoyan en los esfuerzos de todos los años anteriores y sin embargo no los veo hasta que no puedo comparar con algo peor para que él reluzca. No soy la mamá orgullosa todo el tiempo, al revés, me sorprendo de vez en cuando con un descanso al agotamiento habitual. No se puede ir a pasear tranquilo con él. Lo peor para mi hijo es la incertidumbre. Hay que anticipar todo lo que va a ocurrir. Estamos planeando un viaje a Europa y  todo lo que tenemos por delante es incertidumbre.
Luego de muchos años entendí que la incertidumbre le genera ansiedad y agresividad a mi hijo. Hace poco entramos en la etapa de medicación psiquiátrica, con una dosis subclínica que desafía a la farmacología y le da un punto a favor a  la homeopatía. Empecé a tener más de la parte amable de mi hijo, el que sorprende y hace más cosas de las que yo esperaba: se baña solo sin que se lo pida y me lo anuncia para que lo felicite, que se va a acostar solo, se hace el desayuno y la merienda, y cuando no tiene ganas de salir a pasear a la tarde del fin de semana se queda solo en casa mirando futbol y nos hablamos por whatsapp.
He dejado atrás varios modelos desactualizados de mi personalidad. Hace poco me encontré organizando un cumpleaños de quince donde todos los invitados eran discapacitados.  Todos bailaron,  hubo carnaval carioca, nadie hizo nada extraño o es que a mí todo me parece normal ahora. No hay miradas desviadas o gestos particulares, dicciones limitadas o falta de tono muscular que no me resulte familiar. Antes de que naciera mi hijo mayor jamás me interesó acercarme al mundo de las personas ¨especiales¨, no podía entender a algunas amigas que querían ser maestras especializadas o psicopedagogas. Nadie podía estar menos equipado emocionalmente para tener un hijo con discapacidad mental que yo.
Hoy mi hijo empezó a  entrenar con un personal trainer en un club de Olivos.  Está chocho en los aparatos del gimnasio. Seguimos sumando ex

martes, 22 de marzo de 2016

Distintas muertes II


Entierro de enero

Es la primera vez que veo morir a alguien, me dijo mi prima, las dos sentadas frente al cajón de su padre. Me contó cómo había ido dejando de respirar de a poco bajo el efecto de la morfina, para no sentir el agobio del ahogo progresivo. Se fue en paz y rodeado de amor. Después la conversación tomó otro rumbo. Todos me iban a decir lo mismo ese día.
-Mirá, nosotros no te juzgamos, no te sientas mal pero tengo que explicarte algunas cosas, tu padre no está bien, nosotros no te hablamos de él si vos no preguntas pero si él te ve se descompensa, le da el patatús, así que tratá de que no te vea en el entierro. Le dijimos que no venga al velorio, no le va a hacer bien.  La última vez que te vio se descompensó, en el casamiento de Carola
-Pero yo nunca me enteré, ¿los tíos tuvieron que ocuparse de él, irse de la fiesta? Nunca me dijeron nada, eso fue hace diez años.
-No, si vos no preguntas no te decimos nada, es tu decisión, es personal. Pero tu padre está ahora en una casa de salud porque además toma mucho alcohol, no toma la medicación, se separó, su estado mental es frágil.
Después de veinticinco años, noticias de mi padre, de pronto tengo información concreta con la que tampoco sé qué hacer. Qué hacer con un padre alcohólico, bipolar, que está en una casa de salud mental, con alguien que no fue parte de mi vida porque su esposa prefería no tenerme cerca. Hace un año que su mujer lo puso en una casa de salud porque además de bipolar es alcohólico. Yo no tenía esa información, resulta que mi padre se suma a la lista de los alcohólicos de la familia. Eso me pone a mí un paso más cerca del alcoholismo de lo que  siempre sospeché. Pero yo vivo en control de mi vida, los dientes apretados, con las riendas firmes en todo.  Hasta que algún día se me escapen.  Como siempre, el tema de mi padre se me va de la mente, es algo que no puedo controlar desde hace décadas, se esfuma de mis pensamientos. Ni siquiera mientras viajaba en el ómnibus camino a Montevideo pensé en él: iba recordando todos los momentos de mi vida en que mi tío Agustín estuvo ahí para ayudarme. Entonces, mi padre. La situación se volvió demasiado aún para ella, la mujer, mayor que él, que se casó sabiendo que el hombre no estaba muy bien de la cabeza pero ella quería compañía, estaría por los treinta y pico y tenía una herencia, necesitaba a alguien dócil que hiciera caso en todo, que se dejara mantener y no chistara. Ella no quería tener que lidiar con la hija de ocho años del matrimonio anterior de él, ese de los veinte años, porque de esos matrimonios solo salen errores, es el precio que hay que pagar para crecer. Y así yo había quedado fuera de la vida de mi padre desde chica, aunque para decir la verdad, antes tampoco existió una vida compartida. Podía pasar meses sin verlo y por eso no fue raro enterarme un día que se había casado un tiempo atrás.
La muerte de mi tío no llegó de sorpresa, sí la noticia del segundo cáncer, ya ineludible, que me dio tiempo para un viaje fugaz, una despedida incierta en la clínica, con sonrisas y optimismo falso, un último abrazo y después no lo vi más. Un par de semanas después, llegué directo al velorio donde fueron apareciendo muchas caras, de parientes y personas especiales y lejanas del pasado familiar, como en una boda, sólo que estábamos en un funeral y las bodas van quedando lejos. Los entierros se acercan. El tiempo se acaba para mis tíos cansados, canosos, enfermos, y mi generación queda al frente, para ser la próxima. El mejor momento ya le pertenece a los que tienen diez años menos que yo. A nosotros nos quedan diez años de energía, diez para decaer, diez más de incertidumbre hacia la decrepitud.
Me tuve que esforzar para encontrar los recuerdos indelebles que me humedecieran el corazón seco  por los ansiolíticos. Mi tristeza parecía una caja vacía. No tenía nada para dar, un dolor sin lágrimas. Por dentro la depresión me va oscureciendo pero por fuera insisto en mantener la apariencia luminosa de la joven alegre que ya no soy,  mi vacío laboral y social son los cimientos que sostienen al  edificio de la estructura matriarcal que vengo construyendo en lo que va del siglo, y que va a colapsar eventualmente, cuando ya nadie me necesite.  
El entierro fue sobrio, silencioso y rápido, y el sol de enero no molestaba entre la sombra de las palmeras y el viento del mar montevideano.  Sin el típico calor asfixiante de Buenos Aires, mi ropa era inadecuada, aunque eso sólo empezó a incomodarme un par de días después del entierro, cuando caí en la cuenta de que la musculosa y la pollera que había llevado en mi mochila eran desubicadas. En el momento de salir corriendo a tomar el ómnibus, agarré lo primero que tuve a mano entre mi ropa de veraneo. Pero como siempre, en retrospectiva la mayoría de mis actos  y palabras no resisten el análisis y todo lo que hago está fuera de lugar.
No supe dónde estaba mi padre entre los pocos asistentes al entierro en ese enero vacío en Montevideo. Podía ser uno de esos señores flacos pelados y débiles que aparecieron, con lentes oscuros y antiguos, la expresión perdida, con camperas de jogging y camisas que alguna vez fueron de su tamaño, encogidos, encorvados. Alguno de esos podía ser mi padre pero no pude distinguirlo. Ninguno de esos ancianos tenía ningún rasgo ni cercano de los que yo recordaba de la cara de mi padre, los mismos que se repiten en los rostros de mis tíos y los que me encuentro frente al espejo.  En el cementerio sólo vi a la vejez que disuelve lo que queda de los individuos para convertirlas en parte de una masa gris de arrugas similares, huesos débiles y movimientos lentos. Como a un perro desconocido, no encontré a mi padre entre los asistentes al entierro de mi tío. Creo que no me ve, pensé, no es ninguno de esos, quizás está más atrás. No se generó ningún ataque de pánico. Es probable que alguien lo estuviera cuidando para que no se acercara demasiado al cajón, ni a mí.
Cuando terminó la ceremonia, una de mis tías, ex mujer de mi tío recién enterrado, me sacó del brazo muy rápido por un costado del cementerio. Salimos por una avenida diagonal entre los monumentos mortuorios, y de pronto estábamos en la puerta, le di un abrazo, salí, caminé una cuadra un poco desorientada y me subí a un taxi salido de la nada, en una calle ancha y desierta, a media tarde. Todos los lugares que antes conocía como la palma de mi mano, tienen ahora algo de foto de instagram, de recuerdo de mentira. Todo es otra cosa.
Llegué a la terminal de Tres Cruces pensando que perdía mi ómnibus, pero  estaba equivocada y faltaba una hora para salir: un acto fallido con el que se hubieran deleitado todos mis psicólogos.  Me senté a tomar una cerveza con un pancho en La Mostaza, toda una traición a los únicos panchos que tolero en el mundo de los bares (los de la Cervecería y Frankfurtería La Pasiva). Una Pilsen y un Rivotril deberían hacerme dormir en el viaje lo que no  había dormido la noche anterior.  Sentada sola en el bar, en medio de la multitud de la terminal me sentía libre. Buscaba la culpa, la responsabilidad de hija, de adulta, y me vi una vez más como  un ser mediocre y vacío. ¿Sería orgullo? no encuentro forma de cambiar la inercia de mis actos. No tengo motivos para acercarme a mi padre, o tengo miedo. Qué tan loco puede estar ahora, o al revés, qué tan cuerdo. Por lo que dicen, no mucho. Me acuerdo de alguna película en la que una hija tenía que ir a buscar a su padre indigno de su bondad, le consultaba a algún consejero que le decía, ¿eres felíz? Si, decía ella, y el consejero le decía, entonces es el momento de ser generosa. Y allá iba ella, la hija hermosa. Generosa, es algo que intento ser pero en el fondo soy más bien mezquina. Pienso en la mujer de mi padre, a quien no conocí hasta unos meses después de casados, veía a mi padre una vez o dos veces por año. Después, la explicación, a Gracia no le gustan los niños así que prefiere que no vengas a casa ni llames. Nunca pasé las fiestas con ellos. Nunca me fui de vacaciones con ellos a pesar de que se iban cada verano, un mes a Brasil, un mes a Punta del Este. Las situaciones poco frecuentes iban aumentando en mi vida año a año: un tiempo después mi madre se fue a vivir a España y yo me quedé con mis abuelos. Entonces, en los dos primeros años, el vacío era tan grande en mi vida, que mi padre encontró un hueco para llevarme al cine y después a tomar una coca, de vez en cuando. Fueron los únicos tiempos relativamente normales en los que no me parecía tan extraño, estaba aprendiendo a ignorar sus desacomodos, como cuando se puso a llorar mientras se peleaba con una vendedora de supermercado. Después de ese breve espacio preadolescente, desapareció el lugar en el que podía coexistir con mi padre. Sólo fui dos veces a su casa en mi vida, por asuntos imprescindibles, seguramente para que  firmara algún documento.
 Para cuando pasé los veinte, sin planearlo, un día cualquiera despegué su presencia errática e incómoda como una etiqueta falsa, un caso de portación de  título de padre por razones de existencia.  Nunca me pude arrepentir, tampoco me lo tomé como una cuestión de justicia divina, sino una solución saludable. Era la edad para sacar todo lo raro de mi vida. De pronto, con una excusa chiquita, sucedió. El empujón al vacío me lo dio mi padre justamente  cuando me reprochó  que yo iba almorzar a casa de mi tío muy seguido (yo atendí el teléfono cuando él llamó precisamente a la casa de mi tío), que me esperaba una vez por semana, me escuchaba, me ayudaba en todo lo que podía.  A partir de ese día no lo vi más. Él me llamó una vez, tres o cuatro años después  y volvió a formular sus preguntas rituales desde hacía una década ¿cuándo te sacan los lentes?, ¿tu madre piensa volver de España?, ¿cuándo te vas a ganar una beca para estudiar en el exterior?.  La miopía alta y los planes de mi madre estaban fuera de mi control. La beca la obtuve, porque yo creía que era lo mínimo que el mundo esperaba de mí. Después, ya no estuve a la altura de mis propias expectativas, ni de las del mundo.
Para mí no existió otro concepto de familia que lo que después supe que se llama ¨familia extendida¨. Tíos, abuelos, primos segundos, tíos abuelos, padrinos, todos eran mis familiares directos y mis referentes principales. Mi tío Agustín siempre estuvo para ayudarme, era en su casa a donde me quedaba  a dormir las pocas veces en que de niña  mi padre me buscaba un fin de semana, el paseo incluía ir a lo de mi tío y quedarme allí con mi prima a jugar.  Para mí era genial quedarme a dormir en casa de mi tío, y siempre era mejor que estar con mi padre que decía y hacía cosas raras. Cuando me fui a vivir sola, mi tío me ayudó a instalar estantes, luces, calefón, y todos los problemas hogareños que surgieron durante años me los resolvía él con una sonrisa y diciendo, no es nada flaquita.  Cuando nacieron mis hijos y antes de que nacieran sus nietos, él se encontró un puesto de abuelo vacante.
Ante la pregunta, ¿me voy a arrepentir alguna vez? Todavía no sucede. Porque viví muy tranquila todos estos años, porque no sé de qué me salvé. Ahora no me siento responsable. Es cierto que me estoy tomando una venganza fría contra alguien que no tiene capacidad de defenderse. Pero siempre estuvo al límite de lo normal.  Las pocas veces que aparecía hacía cosas raras como ofrecerme un cigarrillo a los ocho años y llevarme a pasear en moto sin casco a toda velocidad. Era un loco  cuerdo, difícil de catalogar y más difícil de tener como figura paterna porque oficiaba de decorado. Mi padre era una escenografía de algún acto mínimo en mi vida.  Desde muy chica yo tenía claro que la relación de mi padre conmigo era muy diferente a la de mis tíos con sus hijos, todos mis tíos eran mis ídolos porque eran tipos fuertes, protagonistas, en el desayuno y la cena, en los cumpleaños y en las fiestas, se hacían cargo de sus hijos, tomaban decisiones, los rezongaban por causas razonables, estaban ahí para lo que se necesitaba. Yo tenía que actuar,  hacía de cuenta de que era una hija escuchando a su padre, cuidaba la escena, para que mi padre pensara que estaba cumpliendo bien su papel.  Además tenía que escuchar a mis abuelos y a mi madre hablar de mi padre, pero lo que me asustaba era que entonces yo también llevaba esa cosa podrida en la sangre como una enfermedad secreta. Mis problemas en general eran resueltos por sustitutos, tías que me llevaban de vacaciones y me invitaban a pasar las fiestas con ellos, mi abuela que me llevaba al médico e iba a las reuniones escolares, hacía las tortas de cumpleaños, porque mi madre tampoco aparecía demasiado: antes de irse a vivir a España, era una estrella distante. Siempre estaba trabajando, se iba temprano, llegaba tarde, dormía todo el fin de semana para recuperarse, incluso vivía en otro lado, en un apartamento más cerca del centro. Lo que ella hacía sí era importante, se sacrificaba trabajando como loca pero ganaba una miseria, estaba deprimida porque no encontraba pareja y todos a su alrededor ya estaban casados, amigos y parientes. Se fue de Uruguay buscando resolver esos dos problemas. Pudo resolver uno solo.

Los hijos de los alcohólicos parecen tener una relación desesperada con sus padres. Resulta que yo también soy hija de un alcohólico y no lo sabía. Lo mío siempre fue el desapego, ¿cuándo lo aprendí?. Habré sido una pequeña hija de puta o sólo aprendí pronto a manejarme en mi mundo. La pregunta que me da más miedo es, mis hijos me querrán en el futuro, me lo mereceré o encontrarán una justificación para odiarme y alejarse. Por eso decidí estar pegada a ellos como una sopapa. Voy y vengo, doy vueltas, hago todo, estoy cerca, soy la mamá helicóptero pero no me gusta hacer manualidades, o jugar juegos de mesa. Tengo el miedo secreto de no haberles sabido enseñar a jugar y por eso mis hijos prefieren la computadora, la Play, el iPad. Después miro a la sociedad alrededor y me conformo un poco. Pero sé que hay mejores madres que yo por todos lados. Yo compenso estando todo el tiempo que puedo con ellos, mientras mis hijos me necesitan, hasta que no me necesiten más.